Problemas en el paraíso

Slavos Zizek

El subtítulo de esta obra es: “Del fin de la historia al fin del capitalismo”, sugiriendo una inevitable confrontación con la obra de F. Fukuyama “El final de la historia y el último hombre”, planteada del modo profundamente original que caracteriza toda la obra de Zizek.

¿Donde se instala el capitalismo?

Su posicionamiento inicial parte de considerar que no existe una “cosmovisión capitalista” o una “civilización capitalista” de manera que este sistema puede operar en un contexto hindú, budista, cristiano o islámico. Esta afirmación, sin embargo, la hace sin extraer de ella su consecuencia esencial (pág. 16) que se deriva de la propia esencia del capitalismo en la medida en que este es un sistema de organización de la actividad económica basado en el mercado, pero no es totalitario (a diferencia de otras formas de organizar la economía) por lo que puede coexistir con cualquier “civilización” (término que Zizek acepta).

Esa globalidad del capitalismo no supone que sea uniforme. Zizek distingue el capitalismo neoliberal de los EEUU, distinto del capitalismo autoritario chino y del capitalismo populista de la América Latina. También es distinto a los demás el capitalismo europeo que el autor caracteriza como “lo que queda del Estado de bienestar”. (Pág. 186).

Sin embargo, la mayor parte de esta obra y lo que nos parece su hilo conductor es el esfuerzo por encontrar un nexo común en todas las revueltas que sacuden el mundo. Desde las priEl capitalisme adaptat a la globalitzaciómaveras árabes, pasando por Turquía, por Ucrania y su revolución naranja o por el Sur de Europa o Brasil, la mirada de Zizek ve una revuelta global provocada por el “lado oscuro” del capitalismo y las “contradicciones” que considera inherentes al sistema (pág. 30).

El capitalismo adaptado a la globalización

Trasladando el análisis de Marx al mundo de hoy plantea que sigue siendo válida la tesis que sostiene que “el desempleo es estructuralmente inseparable de la dinámica de acumulación y extensión que constituye la mismísima naturaleza del capitalismo como tal” (pág. 32). El matiz que, según el autor, resulta necesario introducir es que hoy el “ejército laboral de reserva” no son sólo los parados, sino las personas desplazadas fuera del sistema “lo que incluye zonas y países enteros”. La explotación en términos dialécticos incluye su propia negación. Tan explotado está el que produce en condiciones de opresión como aquel a quién se le niega incluso la posibilidad de producir en condiciones infrahumanas.

Zizek es una personalidad compleja, pero definible como un “izquierdista radical” por más que en sus propias palabras esa posición sea la única desde la que hoy se pueda definir alguien como realmente conservador (pág. 30).

Tres ideas nos parecen en este punto centrales en el pensamiento del autor:

  • La primera es considerar el comunismo como el único posible referente para analizar lo que ha ido mal en la globalización (pág. 37).
  • La segunda considerar que, tras la crisis de 2008, resulta inevitable un cambio radical de todo el sistema bancario: “por pronunciar lo impronunciable, una especie de socialización de los bancos”. (Pág. 43).
  • La tercera supone concebir la renta básica no como un mecanismo asistencial para el creciente número de desempleados a largo plazo, sino como reconocimiento de que en una economía del conocimiento la productividad deriva del intelecto general que es la fuente clave de la riqueza”. (Pág. 37).

Tendencia general al declive de la democracia

Por otra parte, Zizek está convencido de que existe una tendencia general hacia el declive de la democracia y también de que la caída del bloque comunista impulsa un proceso de desaparición del Estado del bienestar en Europa Occidental, no solo por haber desaparecido la presión en favor de los trabajadores sino por causas más profundas. Nos parece importante resaltar una afirmación de Zizek que nos afecta directamente:

“En Europa Occidental, de hecho, estamos presenciando una creciente incompetencia de la élite dirigente: cada vez sabe gobernar menos”. (Pág. 53).

Un juicio, sin duda demoledor, pero que no parece totalmente carente de fundamento.

Una última idea centra el análisis del autor sobre nuestro tiempo. El endeudamiento de Estados, Administraciones Publicas y familias se ha convertido hoy en un eficaz mecanismo de dominación.

“El capitalismo global actual lleva la relación deudor/acreedor a su extremo y al mismo tiempo la socava …. Cuando se concede un crédito ni siquiera se espera que el deudor lo devuelva. La deuda se aborda directamente como un medio de control y dominación.» (Pág. 59).

De este modo el crédito se convierte en el medio para controlar y regular al deudor en un mecanismo que el autor analiza en el contexto actual, pero que exigiría situarlo en un contexto histórico buscando determinar qué países iniciaron ese mecanismo y en qué otros países lo llevaron a su extremo. Por poner un ejemplo paradigmático analizar la actuación de Inglaterra en el Egipto del Siglo XIX quizás permitiría darle a este mecanismo de dominación un carácter más estructural y menos contemporáneo.

Otro aspecto, sin duda interesante de la obra que comentamos es la dura crítica que Zizek dirige a otro grande del pensamiento actual: Peter Sloterdijk a quien considera un descarado defensor del capitalismo global y un seguidor de la tesis de F. Fukuyama sobre el final de la historia: “… ya no pueden tener lugar más acontecimientos históricos, como mucho accidentes domésticos”. La cita corresponde a la obra “En el mundo interior del capital” y frente a esta visión Zizek contrapone la suya: “el alcance global del capitalismo se basa en la manera en que introduce una división de clases radical en todo el globo, separando a los que están protegidos por la esfera de los que quedan fuera de su abrigo”. (Pág. 79).

Esta es la postura de un izquierdista que reniega de la izquierda tradicional y del “chantaje” que hace al afirmarse como la única posibilidad de frenar a la derecha. Frente a este planteamiento el autor afirma: “la negación de la izquierda no nos da Derecha, sino más bien una no Izquierda que es más izquierdista que la propia Izquierda (oficial)”. (Pág. 82) .

Ese radicalismo más allá de la izquierda “oficial” se basa en su convicción de que el conflicto social hoy sigue siendo de clases, pero ampliando el concepto marxista hasta incluir todos los “explotados” según el análisis de Zizek.

Divorcio entre democracia y capitalismo

Es este el punto en el que la obra comentada nos enfrenta a las preguntas más sustanciales. Las protestas que en los últimos años han sacudido diversas zonas del mundo

  • ¿señalan una crisis global o son episodios sin importancia?
  • ¿Sabemos entender las protestas en el infierno, pero resulta más difícil explicar la razón de los “problemas en el paraíso”. (Pág. 127).

Su respuesta es que todas las protestas tienen una raíz común y que denuncian el próximo divorcio entre democracia y capitalismo (pág. 129) y la necesidad ineludible de “reinventar la democracia” (pág. 131) exigiendo algo más que una simple democracia política para llegar a una democratización de la vida económica y social (pág. 136).

Esa proposición, ya contenida en las obras fundamentales de la izquierda oficial, lleva a Zizek a plantearse cómo el socialismo de Estado no es en realidad una alternativa al capitalismo en ninguna de sus formas porque se limita a sustituir unas relaciones de dominación por otras. De ahí su recurso al comunismo como respuesta (pág. 138).

Una buena parte de la obra que comentamos responde a la personalísima aproximación del autor al análisis de la realidad.

Análisis de las revueltas actuales

Las primaveras árabes, la revuelta de Egipto o Turquía, el movimiento de los indignados en Europa Occidental o los enfrentamientos entre Rusia y Ucrania se integran en la obra comentada como referencias concretas capaces de dar cuerpo a las propuestas de Zizek.

Nos interesa destacar aquí que el autor considere esas protestas no como un fenómeno revolucionario sino como actos dirigidos a un gran “Otro” que debería supuestamente tomar decisiones (pág.  147), pero que en realidad no existe: “No existe ningún gran Otro, no existe ningún agente de la responsabilidad total que pueda tener en cuenta las consecuencias de nuestros actos”, reflexión que concluye afirmando “… todo lo que tenemos es nuestra actividad”. (Pág. 153).

Zizek no cree en el final de la historia y en su argumentación de lo particular a lo general nos deja la siguiente reflexión:

“La Derecha nacionalista ucraniana es un ejemplo que de lo que ocurre hoy día desde los Balcanes a Escandinavia, desde los Estados Unidos a Israel, desde África Central a la India: asoma una nueva Edad Oscura, en la que estallan las pasiones étnicas y religiosas y los valores de la Ilustración retroceden. Estas pasiones acechan continuamente en la oscuridad, pero la novedad es la absoluta desvergüenza con la que aparecen”. (Pág. 161).

En su reflexión sobre la Izquierda, la obra comentada se detiene en Piketty para aceptar que la lógica interna del capitalismo nos empuja a una creciente desigualdad y a un debilitamiento de la democracia. En tales condiciones ¿por qué no debería ser nuestro objetivo superar el capitalismo?. (Pág. 181).

Y, sin embargo, Piketty y Zizek coinciden en que las alternativas al capitalismo ensayadas en el siglo XX no funcionaron y que “hay que aceptar el capitalismo como lo único que funciona”. Sería necesario un Poder Global frente al capitalismo Global que fuera capaz de hacer compatible la capacidad de producción del capitalismo con un nivel aceptable de redistribución correctora de la tendencia a la desigualdad.

Su análisis de Piketty concluye en la reflexión siguiente:

“No obstante ese poder global es inimaginable dentro de los confines del capitalismo global actual y los mecanismos políticos que entraña, resumiendo, si dicho poder existiera, el problema básico ya se habría resuelto». (Pág. 182).

Se sigue de esta reflexión que los caminos propuestos por Sloterdijk y por Piketty siendo formalmente opuestos, en la medida en que el primero sugiere una nueva “ética del regalo” como sistema igualitario mientras que el segundo defiende la vía fiscal, son en realidad utopías nacidas en el seno de la sociedad capitalista que se pretende transformar.

Nos queda pues la acción. Nuestros propios actos decididos desde la lúcida convicción: “las condiciones para actuar nunca son perfectas. Cada acto ocurre por definición demasiado pronto, hay que empezar en alguna parte, con una intervención concreta, y tener en cuenta las futuras complicaciones a que puede conducir ese acto.” (Pág. 182).

Su recomendación es la acción, pero contrapuesta a la “pseudoactividad” en la que la supuesta “participación” no es más que la máscara que encubre el que nada ocurre. La receta de Zizek se concreta en la llamada a la acción de las masas, de las “multitudes autogestionadas” que arranque el proceso revolucionario.

Un acontecimiento resaltado en la obra que comentamos y que no tuvo extenso eco entre nosotros fue la celebración de un Congreso sobre la idea del Comunismo, que tuvo lugar en Seúl en Septiembre de 2013. Su lema : “Párate a pensar!». (Pág. 205).

Su reflexión lo aleja de “un partido leninista centralizado con un líder” (pág. 212), pero no de la idea de un líder fuerte al que denomina “el nuevo Amo” y que describe así:

“Un auténtico Amo no es un Agente de disciplina y prohibición. Su mensaje no es “¡No puedes!, ni “¡Debes!, sino un liberador “¡Puedes!. Pero “puedes” ¿qué?.  Hacer lo imposible, es decir lo que parece imposible dentro de las coordenadas de la constelación existente y hoy en día eso significa algo muy preciso: pensar más allá del capitalismo y de la democracia liberal como el marco definitivo de nuestras vidas”. (Pág.219).

Potente mensaje el que lanza Zizek (pero también peligroso) que le obliga a confrontar sus propuestas con la experiencia esencialmente violenta de los procesos revolucionarios y con el papel de la violencia en el propio concepto del “acontecimiento revolucionario”. Zizek dedica a ello el último capítulo de su obra en un recorrido que le lleva de Cristo al Che Guevara y de Kierkegaard a Batman pasando por el movimiento de los Weathermen.

Brillantemente cruel Zizek lanza esta desafiante tesis: “no hay que rechazar el estalinismo porque fue inmoral y cruel, sino porque fracasó en sus propios términos, porque traicionó sus propias premisas”. (Pág. 240), una afirmación que se complementa con otra no menos provocativa: “una crisis económica que provoca devastación se experimenta como un poder casi natural, pero debería experimentarse como violencia”. (Pág. 239).

Poniendo en paralelo la violencia institucional que utiliza el sistema para mantenerse y la violencia revolucionaria de quienes pretenden transformarlo Zizek camina sobre una cuerda floja que le ha expuesto a severas críticas que conoce y combate afirmando que “no hemos de ir más allá en ese tipo de violencia, sino cambiar completamente el terreno”. (Pág. 243).

Al fin y al cabo, como el mismo recoge: “Existe cierta justicia poética en el hecho de que el resultado final de la Revolución Cultural de Mao sea la actual y desaforada expansión de la dinámica capitalista en China”. (Pág. 243).

Zizek puede afirmar, para cerrar la obra que comentamos que en las últimas décadas hemos tendido a “olvidar el nombre del “comunismo” para designar el horizonte definitivo de nuestras luchas emancipadoras”, para inmediatamente después reconocer que “el comunismo hoy no es el nombre de una solución sino el nombre de un problema: el problema del bien común en todas sus dimensiones”. (Pág. 250).

Es obvio tras la lectura de su obra que a Zizek le duele la desaparición de la Izquierda radical de nuestra política e ideología.

Hasta qué punto se pueda compartir ese dolor es, sin duda, una decisión individual, pero entendemos que esa decisión tiene mucho que ver con la necesidad de un nuevo “Amo” que nos diga lo que “¡Podemos!” hacer o si, por el contrario), partimos de la íntima convicción de que somos capaces de saberlo y llevarlo a la práctica por nosotros mismos.

Jean Valjean